Durante los días que estuvimos en Chita aprendimos a escuchar más y a hablar menos, conocimos diferentes formas de vida, diferentes culturas y costumbres. Logramos ser parte por unos días de las vidas de los habitantes de ese mágico lugar. Intentamos brindarles alegría, calidez humana, amor y compañía recibiendo como respuesta una sonrisa en sus rostros y la plena seguridad que no nos van a olvidar. El trabajo esos días era fuerte; lograr llegarles a los niños, jóvenes y adultos por medio de actividades con el único fin de poder compartir con ellos la época de navidad.
El primer día de trabajo todos los misioneros estábamos llenos de expectativa pues si todo salía bien con las actividades que teníamos planeadas, la misión iba a ser un éxito, pues lo más importante es el trabajo con la comunidad. Todos nos planteábamos el mismo interrogante ¿Cómo trabajar con esos ángeles en el pedacito de cielo donde nos encontrábamos si se vislumbraba tan perfecto?

Ese día invitamos a los niños por todos los medios posibles a las actividades que íbamos a realizar; la cita era a las 2:00 p.m. hora en la que sin saber, daban inicio a las festividades del pueblo con una tradición conocida como “los chivos o
matachines”, por lo que la cantidad de niños que esperamos disminuyó notablemente.
El pueblo se encontraba en un ambiente carnavalesco y muchos de los asistentes preferían estar en esas celebraciones que en las actividades que los misioneros habíamos preparados, lo cual era entendible. Al principio los habitantes intentaron integrarnos con la tradición pero al recordar que teníamos cosas que hacer decidimos seguir nuestro plan de trabajo haciendo estrategias que no interrumpieran las festividades.


Decidimos llevar a los niños a nuestro hogar, el Seminario Menor, y en la que alguna vez fue la cancha de Voleibol comenzamos a hacer actividades de recreación e integración. Muchos de los niños nos abrieron sus corazones y nos contaron las condiciones en las que viven; nos mostraron que el pedazo de cielo no era tan perfecto como nosotros pensábamos. Finalmente acordamos que íbamos a encontrarnos todos los días a las 11:00 a.m. en la cancha de micro para realizar actividades y juegos, a lo que los niños respondieron encantados; nadie había hecho eso por ellos.
Bailamos, cantamos, pintamos, dibujamos, actuamos, nos disfrazamos e hicimos muchísimas cosas para que los niños sintieran esa navidad de una forma diferente; creo que encontramos la forma correcta de trabajar con esos angelitos del pedazo de cielo. Pero así mismo conocimos experiencias de vida de esos angelitos; un niño que a sus 4 añitos no puede ver el maravilloso mundo que le rodea, o Manuel un niño de 11 años quien por problemas de nacimiento y falta de asistencia médica en el lugar, no puede caminar y siempre estaba en su silla de ruedas al lado de su hermanita Sandra de 9 años quien era su ángel guardián.

Además del trabajo con los niños realizamos trabajo con la comunidad en general, conocimos a Doña Rosita, una mujer que a sus 103 años no se cansa de ir diariamente a la iglesia, una mujer con
una sonrisa carente de dientes pero resplandeciente y con una mirada profunda y penetrante. Planeamos visitas en las mañanas y las personas muy amablemente nos recibían y nos ofrecían lo poco que tenían; en las noches compartimos con las diferentes comunidades reuniéndonos entorno al pesebre rezando la novena. Fueron 10 días compartiendo experiencias y conociendo un poco más un lugar impensable para muchos.